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Ella tiene 24 años más que él y será primera dama de Francia. ¿Por qué nos llama la atención?

Emmanuel Macron, y su mujer, que tiene 24 años más que él. El nuevo presidente de Francia, y  la nueva primera dama, que tiene 24 años más que él.

El hombre que ha derrotado a la ultraderecha, y la mujer que lo ha hecho posible, que tiene 24 años más que él.

El jovencísimo salvador de Francia, 39 años, y su esposa, una señora de 64 años, 24 más que él.

Y así, en todos los titulares.

Brigitte Macron le saca 24 años a su esposo, el nuevo presidente francés. Y la prensa -toda la prensa- lo destaca en titulares.

¿Recuerdan algo igual con Donald Trump? ¿Recuerdan una coletilla eterna -cada vez que se nombra a Trump- tipo “…y su esposa, 24 años más joven que él”?. No, claro. Porque asumimos que un hombre mayor -muy mayor, como Trump- se empareje con una mujer joven, mucho más joven que él. Al fin y al cabo, el fin último de la especie humana -como de cualquier ser vivo , hasta la bacteria más pequeña- es perpetuarse una generación más, lo llevamos en los genes, y hombre de edad con una mujer aún fértil nos parece socialmente aceptable.

Compramos y aceptamos la pareja señor-mayor-señorita-jovencísima -al fin y al cabo, el ser humano masculino lleva haciéndolo toda la evolución- pero si invertimos el ticket pasa lo de Macron y su esposa.

Hombre de 39 y mujer de 64 nos parece, como mínimo, una extraña rareza, una singularidad que “no se destacaría si la diferencia fuera al revés”, se ha lamentado alguna vez el propio Macron. “La gente no puede aceptar algo sincero, único”

“Quiero acabar con la hipocresía francesa”, dijo el otro día el nuevo presidente galo. Y no sólo francesa. Porque la explicación a que parejas como estas nos sigan llamando la atención es sencilla: una mujer de 64 años ya no es una mujer completa. Ya no puede tener hijos. El fin último de la feminidad y el matrimonio.